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Dar indicaciones en Juárez es un idioma que solo entiendes después de vivir aquí

Hay un momento en el que sabes que ya conoces Ciudad Juárez.

No es cuando aprendes dónde está el Centro, ni cuando por fin entiendes qué avenidas te llevan de un extremo al otro de la ciudad.

Es cuando alguien te pregunta cómo llegar a un lugar y, sin darte cuenta, respondes:

“Te vas todo derecho por la Tecnológico, luego agarras la que se convierte en Triunfo y de ahí subes por donde estaba…”

Y la persona que viene de fuera ya se perdió desde “se convierte”.

Porque dar indicaciones en Juárez tiene algo de magia.

Aquí una misma calle puede cambiar de nombre mientras avanzas, una avenida puede ser conocida por un nombre distinto al que aparece en el mapa y existen lugares que siguen funcionando como referencia aunque hayan desaparecido hace años.

Para un juarense todo tiene perfecto sentido.

Para alguien que acaba de llegar, parece un acertijo.

Preguntar por una dirección puede desencadenar explicaciones que mezclan nombres oficiales, apodos, negocios, puentes, monumentos y recuerdos colectivos.

“Pasando el puente.”

“Antes de llegar a las Torres.”

“Por donde está la X.”

“Enfrente de donde estaba aquel supermercado.”

Y probablemente la mejor de todas:

“Ahí donde se juntan esas dos calles.”

Lo sorprendente es que funciona.

Quizá porque quienes llevan años recorriendo Juárez ya no piensan únicamente en nombres de calles. La ciudad se convierte en una especie de mapa mental construido con experiencias.

No recuerdas solamente una avenida.

Recuerdas que por ahí estaba tu escuela.

Que en aquella esquina siempre había tráfico.

Que después de cierto puente tienes que cambiarte de carril.

Que pasando determinado negocio ya casi llegaste.

O que una calle que comenzó con un nombre, misteriosamente ahora tiene otro.

Por eso intentar explicar una ruta puede convertirse en todo un espectáculo cuando quien escucha no comparte esas referencias.

“¿Conoces la Ejército?”

“No.”

“¿La López?”

“Tampoco.”

“¿Las Torres?”

“No.”

Y ahí comienza el verdadero reto: explicar Ciudad Juárez desde cero.

De repente toca traducir años de conocimiento fronterizo a instrucciones que realmente pueda seguir alguien que jamás ha manejado por aquí.

Porque el juarense desarrolla una habilidad muy particular para orientarse con cosas que técnicamente no son direcciones.

Un cerro.

Un puente.

Una maquila.

Una plaza.

Un parque.

Un edificio de cierto color.

Hasta un negocio que cerró hace diez años puede seguir siendo perfectamente válido como punto de referencia.

Y ni hablar de los nombres.

Hay calles que algunas personas conocen por su nombre actual, otras por el anterior y algunas simplemente por la forma en que siempre las llamó su familia.

Dos juarenses pueden estar hablando de exactamente el mismo lugar y tardar varios minutos en descubrirlo.

“¡Ah, esa! Yo la conozco como…”

Entonces todo vuelve a tener sentido.

Lo curioso es que esta manera de orientarnos también cuenta un poquito de la historia de la ciudad.

Juárez ha crecido, las vialidades se han extendido, algunos nombres han cambiado y zonas que antes parecían lejísimas hoy forman parte del recorrido cotidiano de miles de personas.

Pero las referencias sobreviven.

Se pasan de una persona a otra hasta convertirse en una especie de GPS colectivo que ningún teléfono podría entender completamente.

Porque un mapa puede decirte exactamente dónde dar vuelta.

Un juarense te va a decir en qué carril debes ponerte desde tres semáforos antes porque “si no, luego nadie te deja pasar”.

Y esa información vale oro.

Así que la próxima vez que alguien de fuera te pregunte cómo llegar a algún lugar, intenta explicar la ruta sin utilizar apodos, negocios, lugares que ya no existen ni calles que cambian de nombre.

Probablemente descubrirás algo.

No sabemos dar indicaciones normales.

Sabemos dar indicaciones juarenses.

Y extrañamente…

casi siempre llegamos.

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