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A un juarense nomás dale tantita confianza y en cinco minutos ya trae personaje

Hay personas que necesitan instrucciones muy claras para participar en algo.

Qué tienen que hacer, dónde ponerse, cuánto tiempo tienen, qué deben decir y exactamente qué se espera de ellas.

Y luego está el juarense al que nomás le dices:

“Haz de cuenta que estás en una pasarela.”

Ah, bueno.

No necesitabas decirle dos veces.

Hace treinta segundos esa persona iba caminando tranquilamente, probablemente pensando en qué tenía que hacer después, pero ahora resulta que estamos frente a alguien que lleva toda la vida esperando este momento. Endereza la espalda, pone cara seria, empieza a caminar como si hubiera 300 fotógrafos enfrente y al llegar al final hasta avienta una pose que nadie le pidió.

Gracias.

Puede retirarse, señor.

Milán Fashion Week se comunicará después.

Y eso es algo bastante divertido de la gente en Juárez: muchas veces basta dar un poquito de confianza para descubrir una personalidad completamente distinta a la que apareció durante los primeros segundos.

Porque claro que primero existe la clásica defensa.

“Nooo, yo no.”

“Me da pena.”

“Yo no sé hacer eso.”

“Pregúntale a él.”

Perfecto.

Dale aproximadamente 40 segundos.

La misma persona que juraba tener demasiada vergüenza ya está proponiendo cómo mejorar la dinámica.

“¿Y si mejor hago así?”

A ver.

Resulta que además tenemos director creativo.

Quizá por eso cualquier actividad sencilla puede convertirse rápidamente en algo mucho más divertido cuando la gente decide entrarle al cotorreo. No hace falta montar un escenario enorme ni explicar demasiado. Puede ser una pregunta absurda, una pequeña actuación, bailar unos segundos, escoger entre dos opciones o simplemente pedirle a alguien que interprete una situación.

Lo interesante empieza cuando dejan de pensar en qué deberían hacer y aparece lo que realmente harían.

Ahí salen las respuestas inesperadas.

Las caras.

Los comentarios.

El amigo que se burla desde atrás y termina participando también.

La señora que parecía muy seria y resulta ser la más cotorra del grupo.

El señor que acepta “nomás una” y termina haciendo tres intentos porque el primero “no le gustó”.

Y siempre existe alguien que no participa.

Produce.

Está atrás diciendo:

“¡Otra vez, pero ahora camina más acá!”

Señor, usted ni siquiera estaba involucrado.

Pero adelante.

También está esa habilidad juarense de entender rápidamente cuándo algo no necesita tomarse tan en serio. Si la invitación viene con buena vibra, muchas personas simplemente agarran el juego y lo convierten en suyo.

Y ahí aparece algo todavía mejor que una respuesta perfecta: la naturalidad.

Porque probablemente todos hemos visto situaciones donde alguien intenta ser gracioso y no funciona tanto como cuando una persona simplemente reacciona como reaccionaría normalmente.

El humor muchas veces está justamente ahí.

En el comentario que salió sin pensarlo.

En la mirada hacia el amigo.

En ese “ay, cállate” que cuenta toda una amistad.

En la persona que se ríe de sí misma antes de terminar.

Son momentos pequeños, pero también dicen bastante sobre cómo convivimos.

Juárez puede sentirse enorme cuando la recorres de extremo a extremo, pero en interacciones así de repente vuelve a parecer una ciudad mucho más pequeña. Dos personas que no se conocían pueden estar riéndose juntas pocos minutos después, alguien termina echándole carrilla a un desconocido y un grupo entero se involucra porque vio que los demás se estaban divirtiendo.

Por supuesto, no todo mundo quiere participar y tampoco tiene que hacerlo. Hay gente tímida, personas que simplemente van con prisa y otras que prefieren disfrutar viendo cómo alguien más hace el ridículo con muchísimo entusiasmo.

También se vale.

Pero cuando alguien sí decide entrarle, muchas veces entra completo.

Sin medias tintas.

Le dices “haz una pose” y te entrega portada.

Le dices “actúa enojado” y aparentemente desbloqueaste problemas que desconocíamos.

Le dices “camina con actitud” y de repente hasta el amigo que lo acompañaba está gritando:

“¡ESO, MAMONA!”

Quizá por eso el cotorreo funciona tan bien como una especie de idioma común.

No necesitas conocer demasiado a alguien para compartir una risa.

A veces solamente hace falta una situación suficientemente absurda, tantita confianza y que una persona decida dejar la pena durante unos segundos.

Y en Juárez parece que siempre aparece alguien dispuesto.

Aunque primero diga que no.

Especialmente si primero dice que no.

Porque probablemente ese termine siendo el que cinco minutos después pregunte:

“¿Y no van a hacer otra?”

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