Vivir en Ciudad Juárez tiene un efecto bastante curioso.
Podemos pasar toda la semana quejándonos del tráfico, del aire, de las distancias y de que el lugar al que vamos está “hasta la fregada”, pero basta detenerse tantito a pensar en dónde vivimos para descubrir que tenemos una combinación bastante rara de ventajas que no encuentras fácilmente en cualquier ciudad.
Para empezar, tenemos otro país prácticamente de vecino.
No metafóricamente.
Literalmente está enfrente.
Dependiendo de dónde estés y, obviamente, de cuánto decida cooperar el puente ese día, El Paso puede estar a menos de una hora. Eso significa tener acceso a dos ciudades, dos países y un montón de experiencias distintas sin necesitar comprar un boleto de avión.
Aquí decir “vamos al otro lado” es una oración completamente normal.
Y todos sabemos cuál otro lado.
Pero la frontera no solamente cambia dónde podemos ir. También tiene ventajas laborales. Ciudad Juárez forma parte de la Zona Libre de la Frontera Norte, donde en 2026 el salario mínimo es de 440.87 pesos diarios, mientras que en la mayor parte del país es de 315.04 pesos.
Claro, eso no significa automáticamente que todos los juarenses ganemos increíble ni que el costo de vida desaparezca mágicamente. Ojalá.
Pero sí existe una diferencia salarial oficial por vivir y trabajar en esta región fronteriza.
Y luego está todo lo que Juárez ha aportado culturalmente.
Aquí hay que aclarar algo porque luego llegan los historiadores a jalarnos las orejas: Tin Tan y Juan Gabriel no nacieron físicamente en Ciudad Juárez.
Pero qué manera de adoptarlos.
Germán Valdés, Tin Tan, vivió parte importante de su juventud aquí y comenzó su trayectoria artística en esta frontera. Ese personaje pachuco que después se convertiría en una figura enorme del cine mexicano tiene una relación inseparable con Juárez.
Con Juan Gabriel pasa algo parecido.
Alberto Aguilera nació en Michoacán.
Pero Juan Gabriel…
ese sí se cocinó aquí.
Juárez fue escenario de sus primeros años, sus oportunidades y buena parte de la identidad que después llevó por México y el mundo. Tan fuerte fue esa relación que nos dejó canciones dedicadas a la ciudad y decidió llamarnos la frontera número uno.
Nosotros no vamos a discutir con el Divo.
Además, vivimos en medio del desierto y aun así tenemos espacios verdes que representan una parte importantísima de la ciudad.
El Chamizal es probablemente el ejemplo más evidente. Una parte de este enorme parque ha sido destinada formalmente a conservación, con 80 hectáreas protegidas durante 99 años, además de proyectos de restauración de suelo y reforestación.
Eso significa que en una ciudad donde el verano regularmente intenta cocinarnos vivos todavía tenemos un espacio enorme de árboles, deporte, convivencia y sombra.
Bendita sombra.
También tenemos una ciudad llena de contrastes que, por vivir aquí, dejamos de notar.
Podemos desayunar un burrito, cruzar a Estados Unidos durante el día, regresar a comer tacos, ver uno de esos atardeceres exageradamente naranjas del desierto y terminar la noche alrededor de una carne asada.
Todo sin salir realmente de nuestra rutina.
Y quizá ahí está lo más extraño.
Nos acostumbramos.
Las montañas se vuelven paisaje.
La frontera se vuelve cotidiana.
El Chamizal se vuelve “el Chami”.
Juan Gabriel empieza a sonar y ya ni cuestionamos que una leyenda de la música mexicana haya convertido nuestra ciudad en parte de su historia.
Hasta los burritos dejan de parecernos un privilegio hasta que salimos y alguien intenta vendernos uno sospechosamente diferente.
Juárez tiene problemas.
Muchos.
Y querer una ciudad tampoco significa fingir que no existen.
Pero de vez en cuando también está bien hacer el ejercicio contrario al que hacemos todos los días.
En lugar de preguntar qué le falta, mirar lo que sí tenemos.
Estamos pegados a Estados Unidos, vivimos en una región con condiciones salariales diferentes al resto del país, tenemos una historia cultural que ayudó a formar artistas enormes y contamos con espacios naturales que todavía estamos intentando proteger.
Además tenemos burritos.
Ese punto no necesita estadísticas.
Así que sí, podemos seguir quejándonos de Juárez.
Es prácticamente tradición local.
Pero de vez en cuando vale la pena recordar algo:
entre todos los lugares donde nos pudo haber tocado vivir…
este tiene cosas bastante chidas.









