Hay ciudades donde empieza a llover y la gente simplemente abre un paraguas.
En Ciudad Juárez parece activarse otro protocolo.
Primero cae un poquito de agua.
Luego otro poquito.
Y de alguna manera, quince minutos después, alguien está atravesando una avenida inundada con un carro bajito mientras otra persona lo observa desde la banqueta pensando:
“Sí pasa.”
Nadie sabe por qué somos así.
La lluvia puede llevar apenas unos minutos y la ciudad empieza a sentirse diferente. El tráfico se vuelve más lento en unos lugares, misteriosamente más rápido en otros y aparece ese conductor que aparentemente piensa que mientras más fuerte llueva, menos necesario es conservar una distancia prudente.
Mientras tanto, otro va a 20 kilómetros por hora.
No existe punto medio.
Y quizá parte del problema es que estamos tan acostumbrados al clima seco que cuando aparece agua del cielo parece que necesitamos volver a aprender ciertas habilidades básicas.
Como manejar.
O cruzar una calle.
O recordar que un charco puede ser considerablemente más profundo de lo que aparenta.
Esa última lección, curiosamente, seguimos aprendiéndola varias veces.
Porque todos hemos visto esa escena.
Hay agua acumulada.
Un carro se acerca.
Reduce la velocidad.
El conductor observa.
Calcula.
Probablemente piensa durante algunos segundos.
Y finalmente toma una decisión basada en absolutamente ninguna evidencia:
“Sí la arma.”
Entra.
Y ahora todos estamos emocionalmente involucrados.
El carro avanza lentamente mientras las personas alrededor observan como si estuvieran viendo una prueba de supervivencia. Si logra cruzar, sentimos una satisfacción inexplicable.
Sabíamos que podía.
Si se queda…
bueno.
También sabíamos que eso iba a pasar.
Pero la lluvia no solamente transforma a quienes manejan. También modifica inmediatamente nuestras prioridades.
Puedes llevar toda la mañana posponiendo algo importantísimo, pero basta escuchar que comenzó a llover para recordar una misión urgente:
“La ropa.”
En algún patio de Juárez siempre existe alguien corriendo desesperadamente porque dejó algo afuera.
Ropa.
Sillas.
Herramientas.
Una extensión.
Algo que definitivamente no estaba diseñado para recibir agua.
Y mientras esa persona intenta salvar sus pertenencias, otra ya está parada en la puerta grabando el cielo.
Porque si llueve en Juárez y nadie sube una historia diciendo “por fin”, ¿realmente llovió?
El problema es que aquí una lluvia tranquila puede cambiar bastante rápido las condiciones de ciertas calles. Por eso, cuando existen acumulaciones importantes de agua, la recomendación sensata siempre será evitar cruzarlas y buscar otra ruta. No importa cuánto conozcas tu carro ni cuántas veces hayas pasado por ahí.
El agua no necesita respetar tu confianza.
Pero admitir que tenemos que regresarnos tampoco es sencillo.
Porque el juarense puede observar una calle completamente cubierta de agua y aun así intentar encontrar una explicación para continuar.
“Está bajita.”
¿Cómo sabes?
“Se ve.”
Excelente método científico.
Lo curioso es que después de todo el caos también aparece una versión completamente diferente de la ciudad.
Baja un poco la temperatura.
El aire cambia.
El olor a tierra mojada aparece en lugares donde normalmente solamente tenemos… tierra seca.
Las montañas pueden verse distintas y hasta salir de casa se siente raro porque durante unas horas Juárez parece haberse cambiado de personalidad.
Quizá por eso la lluvia todavía genera tanta emoción aquí.
No es nuestra configuración predeterminada.
Nos sorprende.
La fotografiamos.
La comentamos.
Nos asomamos por la ventana.
Mandamos mensajes preguntando si “por allá también está lloviendo”, porque perfectamente puede estar cayendo un aguacero en una zona mientras en otra alguien está viendo el sol.
Y por supuesto también hacemos lo que mejor sabemos hacer:
convertirlo en cotorreo.
Porque eventualmente deja de llover, baja el agua y todos regresamos a nuestra programación habitual como si nada hubiera ocurrido.
Hasta la próxima nube oscura.
Entonces volvemos a mirar el cielo, luego la calle, después nuestro carro y finalmente ese charco sospechosamente profundo.
Y en alguna parte de Juárez siempre habrá alguien dispuesto a pronunciar las palabras que empiezan todas las buenas decisiones:
“Yo digo que sí pasa.”









