Uno puede vivir toda la vida en Ciudad Juárez convencido de que habla perfectamente normal.
Hasta que sale de la ciudad.
Entonces dices una palabra completamente cotidiana, alguien te voltea a ver raro y descubres que aparentemente llevas años utilizando un diccionario que solamente funciona cerca de la frontera.
Empecemos por algo básico.
Aquí no tomamos refresco.
Tomamos soda.
Puedes decir refresco y evidentemente todos vamos a entenderte. Tampoco somos animales.
Pero si alguien pregunta:
“¿Quieres soda?”
Eso suena a casa.
Coca, Sprite, Dr Pepper, lo que sea.
Soda.
Y tiene bastante sentido considerando que vivimos pegados a Estados Unidos y llevamos generaciones intercambiando palabras, costumbres y expresiones con el inglés. La frontera eventualmente termina metiéndose hasta en cómo pedimos algo para acompañar los tacos.
Pero las cosas empiezan a complicarse cuando entran los nombres propios.
Por ejemplo:
Kentucky.
Cualquier persona de fuera probablemente piensa inmediatamente en pollo.
Un juarense puede pensar en una margarita.
Porque aquí decir “vamos al Kentucky” también puede significar ir al histórico Kentucky Club de la avenida Juárez, un bar fundado en 1920 y profundamente relacionado con la historia nocturna del Centro. El lugar incluso sostiene una de las versiones más conocidas sobre el nacimiento del coctel Margarita, aunque existen otras ciudades y bartenders que también reclaman su creación.
Así que no.
Si alguien te dice que estuvo tomando en el Kentucky, probablemente no pasó la noche con una cubeta de pollo.
Contexto, por favor.
Y luego están los Poyos.
Con Y.
Porque en Juárez los Poyos no necesariamente hacen “pío pío”.
Se toman.
Bien fríos.
Los Poyos Clamatos es un negocio local de bebidas preparadas donde existen vasos de un litro, clamatos, michelados, cubanos y, por supuesto, el Vaso Poyo.
Entonces puede existir perfectamente una conversación donde alguien diga:
“Vamos por unos Poyos.”
Y nadie espera terminar en una rosticería.
Lo divertido es imaginar intentar explicarle todas estas cosas a alguien que acaba de llegar.
“¿Quieres soda?”
“Sí.”
“Vamos al Kentucky.”
“¿Por pollo?”
“No, por una margarita.”
“Ah.”
“Y después agarramos unos Poyos.”
“¿Para comer?”
“No, para tomar.”
En aproximadamente diez minutos esa persona empieza a sospechar que estamos jugando con ella.
Pero no.
Así funciona Juárez.
Y ni siquiera necesitamos quedarnos únicamente en comida y bebida. También tenemos direcciones que dependen completamente de conocer referencias locales.
Puedes decir:
“Por el Puente al Revés.”
Y un juarense sabe perfectamente cuál.
“Por La X.”
Entendido.
“Voy al Chuco.”
Ni siquiera estamos hablando oficialmente de una ciudad llamada así, pero todos sabemos que vas a El Paso.
“Voy al otro lado.”
¿El otro lado de qué?
No importa.
Sabemos.
Ese es probablemente uno de los efectos más interesantes de crecer en una frontera: eventualmente construyes una especie de lenguaje compartido que mezcla lugares, apodos, negocios, inglés, español y referencias que no necesitan explicación mientras estés hablando con otra persona de aquí.
Hasta que llega alguien de fuera.
Entonces descubrimos lo absurdamente específicas que son algunas cosas que damos por normales.
Y quizá ahí está parte del encanto.
Una ciudad no solamente construye identidad con monumentos, edificios importantes o acontecimientos históricos. También lo hace con las palabras que repite todos los días.
Con el negocio cuyo nombre terminó significando otra cosa.
Con el apodo que reemplazó al nombre oficial.
Con expresiones que cruzaron desde Estados Unidos y se quedaron viviendo de este lado.
Con referencias que solamente necesitas mencionar una vez para que alguien responda:
“Ah, sí sé dónde.”
Son pequeños códigos.
Nada particularmente trascendental por separado.
Pero júntalos todos y empiezan a sonar muchísimo a Juárez.
Así que quizá nunca notamos que hablamos diferente porque aquí todos nos entendemos.
El problema aparece cuando salimos.
Porque tarde o temprano vamos a decir “soda”, mencionar que queremos ir al Chuco o contar que estuvimos tomando en el Kentucky.
Y alguien va a preguntar:
“¿Cómo?”
Entonces tendremos dos opciones.
Explicar veinte minutos de cultura fronteriza…
o responder como buen juarense:
“Ah, es que acá le decimos así.”









