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El clima puede cambiar todos los planes de un juarense menos uno

Hay actividades que dependen completamente del clima.

Ir al parque.

Lavar el carro.

Salir a caminar.

Organizar algo afuera.

Y luego está hacer carne asada.

Porque aparentemente cuando un juarense ya compró la carne, consiguió carbón y avisó en el grupo que “al rato se arma”, la naturaleza pierde prácticamente todo poder de negociación.

Puede empezar a nublarse.

“Se va a quitar.”

Caen las primeras gotas.

“Está leve.”

Empieza a llover un poquito más fuerte.

“Pon el asador más para acá.”

Y así comienza una batalla completamente innecesaria entre una persona que quiere cocinar carne y un fenómeno meteorológico que claramente está diciendo:

Hoy no.

Pero ya compramos tortillas.

Así que encuentra la manera.

Lo interesante es que una carne asada tampoco necesita una ocasión suficientemente importante para defenderla con tanta pasión. Puede ser cumpleaños, partido, reunión familiar o simplemente un sábado donde alguien cometió el error de preguntar:

“¿Qué hacemos?”

Y una vez que aparece la propuesta, cancelar empieza a sentirse como perder.

Por eso la lluvia no necesariamente elimina el plan.

Lo transforma.

De repente alguien está calculando si el techo alcanza para cubrir el asador. Otro mueve una mesa. Aparece una sombrilla que jamás fue diseñada para soportar humo y siempre existe una persona optimista viendo las nubes y diciendo:

“Ya se está abriendo.”

No se está abriendo.

El cielo está completamente gris.

Pero necesitamos gente así en momentos difíciles.

Claro que llega un punto donde incluso el asador más comprometido tiene que aceptar la realidad. Si la lluvia es fuerte, hay tormenta eléctrica o las condiciones hacen inseguro permanecer afuera, la carne puede esperar.

Y entonces aparece la segunda etapa.

La reprogramación.

Porque cancelar no significa cancelar.

Significa:

“¿Mañana cómo va a estar?”

Todavía no terminamos de guardar las cosas y alguien ya abrió el pronóstico.

“Dice que mañana sale el sol.”

Perfecto.

Nos vemos mañana.

Es impresionante la capacidad de recuperación de una carne asada juarense.

Puede suspenderse a las seis de la tarde y estar reorganizada para las dos del día siguiente antes de las seis con diez.

La carne ya existe.

No podemos abandonarla.

Además, vivir en Juárez nos ha enseñado que tampoco conviene confiar demasiado en el clima. Podemos tener sol, viento, nubes y lluvia en periodos suficientemente cercanos como para que organizar cualquier actividad al aire libre implique cierta fe.

Así que aprendimos a negociar.

Si hace mucho calor, empezamos más tarde.

Si hace frío, nos acercamos al asador.

Si hace aire, todos protegemos las tortillas como si fueran documentos importantes.

Porque una ráfaga juarense puede llevarse una servilleta, un plato y parte de tu dignidad antes de que alcances a reaccionar.

Pero mientras el carbón siga prendido, seguimos adelante.

Y quizá eso explica por qué la carne asada funciona tan bien aquí.

No es solamente comida.

Es una excusa.

Para sentarse afuera.

Para juntar amigos.

Para que llegue familia.

Para poner música.

Para quedarse platicando muchísimo después de que salió la última tanda.

El asador solamente organiza el encuentro.

Por eso cuando empieza a llover, lo que estamos intentando salvar no son únicamente unos cortes de carne.

Estamos salvando el plan.

Ese que probablemente llevábamos días esperando o que inventamos hace cuarenta minutos pero ahora defendemos como tradición familiar.

Y si definitivamente hoy no se puede, tampoco pasa nada.

Guardamos el carbón.

Metemos las sillas.

Revisamos que la carne quede bien refrigerada.

Nos resignamos un poquito.

Pero antes de despedirnos alguien inevitablemente va a preguntar:

“¿Entonces mañana?”

Porque el clima de Juárez podrá ser impredecible.

La lluvia podrá aparecer justo cuando ya estaba todo listo.

El viento podrá intentar llevarse las tortillas.

Pero si algo hemos aprendido es que siempre vuelve a salir el sol.

Y cuando eso pase…

ya tenemos la carne comprada.

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