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El trayecto más largo del verano dura menos de un minuto

Hay experiencias que todos los juarenses compartimos.

Y luego está ese recorrido de aproximadamente treinta segundos entre la salida de una plaza comercial y el carro que lleva dos horas estacionado bajo el sol.

Cronológicamente dura muy poco.

Emocionalmente parece una eternidad.

Todo comienza en el aire acondicionado.

Sales de la plaza convencido de que el calor no está tan fuerte. Incluso piensas que la gente exagera un poquito cuando habla del verano en Juárez.

Hasta que se abren las puertas automáticas.

El golpe de calor llega sin pedir permiso.

No es una bienvenida.

Es una advertencia.

Empiezas a caminar más rápido, no porque tengas prisa, sino porque cada segundo bajo el sol se siente como si alguien hubiera decidido ponerle modo parrilla a la ciudad.

Los primeros pasos todavía son soportables.

Cinco segundos después ya estás buscando desesperadamente cualquier sombra, aunque mida veinte centímetros.

Diez segundos después empiezas a cuestionarte por qué estacionaste tan lejos.

Y cuando por fin ves el carro, aparece esa pequeña sensación de esperanza.

“Ya llegué.”

Pero todavía falta abrir la puerta.

Porque el verdadero reto del verano juarense no siempre es el calor.

Es sobrevivir al trayecto.

Ciudad Juárez suele registrar temperaturas superiores a los 40 grados durante el verano, de acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional, y la combinación del sol intenso con el pavimento convierte los estacionamientos en algunos de los lugares más calurosos de la ciudad durante las tardes.

Quizá por eso todos desarrollamos pequeños hábitos de supervivencia.

Caminar pegados a los edificios.

Buscar la sombra de un árbol que apenas alcanza para un pie.

Cruzar el estacionamiento casi trotando.

O usar cualquier cosa como sombrilla improvisada.

Lo curioso es que ese recorrido siempre parece más largo de lo que realmente es.

Y justo cuando sientes que lograste vencer al calor…

Metes la mano a la bolsa.

Luego al pantalón.

Después revisas la mochila.

Silencio.

Las llaves siguen adentro de la plaza.

No queda otra.

Hay que regresar.

Volver a cruzar el mismo estacionamiento.

Volver a sentir que el sol decidió desquitarse personalmente contigo.

Y aceptar que el verdadero castigo nunca fue olvidar las llaves.

Fue tener que repetir el camino.

Tal vez por eso los juarenses hacemos tantos chistes sobre el calor.

Porque cuando el verano convierte un trayecto de medio minuto en una prueba de resistencia física y mental, lo único que queda es reírse.

O regresar por las llaves…

Esperando que esta vez el estacionamiento sea tantito más corto.

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