Hay frases que muchas familias han escuchado por generaciones.
“A mí me criaron así.”
“Antes no pasaba nada.”
“Gracias a que me castigaron, soy quien soy.”
Y aunque muchas veces se dicen sin mala intención, desde el área de Psicología del DIF Sevilla explican que pueden convertirse en una señal importante dentro de la crianza.
Porque repetir una forma de educar solo porque “así se hizo siempre” no significa que sea la mejor opción.
Durante una conversación con el departamento de Psicología, se habló de una idea clave: la violencia no se justifica de ninguna manera. Y aunque muchas personas crecieron creyendo que los golpes, los castigos severos o el maltrato fueron necesarios para formar carácter, la reflexión cambia cuando se mira desde otra perspectiva.
No somos quienes somos gracias a la violencia.
Muchas veces somos quienes somos a pesar de ella.
Ese es uno de los puntos más importantes que trabajan con madres, padres y cuidadores: ayudarles a identificar patrones que pueden representar un riesgo en la crianza de niñas, niños y adolescentes.
No se trata de señalar ni de culpar.
Se trata de dar información.
Porque nadie nace sabiendo ser mamá o papá. Muchas personas crían con las herramientas que recibieron, y si esas herramientas fueron gritos, castigos, amenazas o poca comunicación, es muy fácil repetirlas sin darse cuenta.
Por eso, desde el DIF Sevilla se busca acompañar a las familias para que puedan reconocer esas conductas y, poco a poco, modificarlas.
Entre las herramientas que se trabajan están el manejo de emociones, estrategias para contener berrinches, formas de poner límites sin violencia y maneras de entender lo que un niño está necesitando según su etapa de desarrollo.
Y este punto es clave.
No se puede tratar igual a un niño de cinco años que a un adolescente de catorce.
Cada etapa tiene necesidades distintas, formas diferentes de comunicarse y maneras particulares de entender el mundo. Lo que funciona con un hijo pequeño no necesariamente funciona con uno mayor, y lo que se aplicó con el primer hijo no siempre será lo adecuado para el segundo.
La crianza también cambia.
Y aprender eso puede hacer una diferencia enorme dentro de casa.
Porque muchas veces una “bandera roja” no aparece como algo escandaloso. A veces aparece en frases cotidianas, en castigos repetidos, en expectativas poco realistas o en la idea de que todos los hijos deben responder de la misma manera.
Ahí es donde la orientación psicológica puede ayudar.
A observar.
A pausar.
A entender.
Y a buscar formas más sanas de criar.
Al final, el objetivo no es tener familias perfectas. Es construir hogares donde niñas, niños y adolescentes puedan crecer con límites, sí, pero también con respeto, escucha y seguridad emocional.
Porque criar también significa aprender.
Y a veces, el primer paso es cuestionar aquello que durante años dimos por normal.









