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Dicen que vivir mucho tiempo en Juárez termina convirtiéndote en juarense aunque no hayas nacido aquí

Hay una teoría que no tiene ninguna base científica.

Pero tampoco muchas dudas.

Dice que vivir suficiente tiempo en Juárez provoca una transformación inevitable.

No ocurre de un día para otro.

Empieza con pequeños síntomas.

Primero dejas de decir “¿qué es un burrito?” y comienzas a discutir cuál es el mejor de la ciudad.

Después aprendes que una carne asada puede organizarse en menos de una hora y aun así juntar a media familia.

Sin darte cuenta ya sabes exactamente por qué avenida conviene ir dependiendo de la hora, empiezas a medir las distancias diciendo “está cerquita” aunque sean veinte minutos de camino y de pronto palabras que antes te parecían extrañas ya forman parte de tu vocabulario.

Un día dices “arre”.

Al siguiente se te escapa un “simón”.

Después un “ahorita”.

Y cuando menos lo esperas, alguien de otra ciudad te pregunta qué significa una expresión juarense… y tú la explicas como si la hubieras dicho toda la vida.

Es ahí cuando ya no hay vuelta atrás.

Porque Juárez tiene una forma muy peculiar de adoptarte.

No te pide acta de nacimiento.

No importa de dónde vengas.

Lo único que hace es dejar que la ciudad haga lo suyo.

Que conozcas a su gente.

Que compartas una carne asada.

Que encuentres tu puesto favorito de burritos.

Que sobrevivas a un día de viento.

Que aprendas a querer los atardeceres del desierto y que descubras que aquí siempre hay alguien dispuesto a recomendarte un lugar para comer como si te estuviera revelando un secreto de familia.

Y poco a poco empiezas a notar algo curioso.

Ya no dices “voy a Juárez”.

Empiezas a decir “voy a la casa”.

Defiendes la ciudad cuando alguien habla de ella sin conocerla.

Te emocionas cuando llega alguien de fuera porque quieres enseñarle todo lo bueno que tiene.

Y descubres que muchas de las cosas que antes te parecían raras ahora simplemente son parte de tu rutina.

Quizá por eso hay tantas personas que nacieron en otro estado, o incluso en otro país, y hoy hablan de Juárez con el mismo cariño que alguien que ha vivido aquí toda su vida.

Porque ser juarense nunca ha dependido únicamente del lugar donde naciste.

También tiene que ver con el lugar que decides hacer tuyo.

Con las personas que conoces.

Con las historias que construyes.

Y con esa capacidad tan fronteriza de recibir a alguien como visitante… y convertirlo, casi sin que se dé cuenta, en uno más de la ciudad.

Así que, si un día te descubres defendiendo los burritos, hablando con palabras que antes no conocías o recomendando tus lugares favoritos como todo un experto…

No te preocupes.

No es una mordida.

Es que Juárez ya empezó a hacer efecto.

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