Nacer en Ciudad Juárez es una cuestión de suerte.
No necesariamente porque desde el primer día alguien te entregue un certificado diciendo: “Felicidades, naciste en la mejor ciudad del universo”.
Tampoco exageremos.
Es suerte porque desde muy temprano empiezas a desarrollar habilidades bastante específicas que probablemente jamás aparecerán en tu currículum, pero definitivamente te han servido para sobrevivir.
Por ejemplo, un juarense puede mirar el cielo durante aproximadamente cuatro segundos y decir:
“Va a hacer aire.”
No sabemos explicar exactamente cómo.
Simplemente sabemos.
Hay algo en el color del cielo, en cómo se empiezan a mover los árboles o en esa primera bolsa del súper cruzando la calle que activa un conocimiento ancestral.
Y casi siempre significa lo mismo:
Guarda las sillas del patio.
También tenemos una relación bastante particular con las distancias. Podemos atravesar media ciudad por unos buenos tacos, pero declarar que alguien vive “hasta la fregada” cuando está a veinte minutos y no tenemos suficientes ganas de visitarlo.
Eso no es contradicción.
Es geografía juarense.
Pero quizá una de las primeras cosas que uno entiende al crecer aquí es que vivimos en un lugar bastante extraño cuando lo observas desde afuera.
Tenemos otro país literalmente enfrente.
No como concepto.
Ahí está.
Puedes estar atorado en el tráfico de Juárez viendo edificios de El Paso mientras intentas llegar a algún lugar que sigue estando en Juárez.
Hay familias, trabajos, compras, amistades y rutinas que existen entre ambos lados. Incluso desarrollamos una unidad de tiempo que otras ciudades difícilmente podrían comprender:
“¿Cuánto hiciste?”
“Dos horas.”
Y nadie pregunta haciendo qué.
Sabemos que probablemente estabas cruzando.
También tenemos uno de los pocos lugares donde decir “voy al otro lado” no requiere ninguna explicación adicional.
¿El otro lado de qué?
Del otro lado.
Ya sabes.
Nacer aquí también significa crecer viendo un paisaje que quizá aprendemos a valorar demasiado tarde.
Las montañas siempre están ahí y por eso a veces ni las volteamos a ver. El desierto parece cotidiano hasta que sales de la ciudad y descubres que no todo el mundo creció viendo atardeceres donde el cielo parece estar exagerando con los colores.
Aquí podemos tener un atardecer espectacular mientras simultáneamente nos estamos quejando porque el viento acaba de llenar de tierra el carro que lavamos hace tres horas.
Equilibrio.
Juárez te da una.
Juárez te quita otra.
También tuvimos la suerte de crecer en una ciudad donde muchas cosas importantes suceden alrededor de comida.
Una carne asada puede empezar porque es cumpleaños de alguien, porque ganó algún equipo, porque llegó familia, porque alguien consiguió carne barata o simplemente porque era sábado y alguien tuvo la peligrosa idea de escribir:
“¿Qué van a hacer?”
Tres horas después hay carbón prendido.
Y nadie sabe exactamente quién organizó.
Los burritos tienen una categoría completamente diferente porque aquí no necesitan medir lo mismo que tu antebrazo ni traer catorce ingredientes para demostrar algo. Una tortilla de harina, un buen guisado y vámonos.
No estamos tratando de impresionar a nadie.
Tenemos hambre.
Pero la verdadera suerte quizá empieza a notarse cuando sales de Juárez.
Porque entonces descubres pequeñas cosas que pensabas que eran normales.
Dices una palabra y alguien pregunta qué significa.
Pides algo de comer y piensas que “allá estaba mejor”.
Escuchas a Juan Gabriel y una canción menciona directamente la ciudad donde creciste.
Alguien pregunta de dónde eres.
“De Juárez.”
Y casi siempre hay una reacción.
Porque Ciudad Juárez podrá tener muchísimos problemas, pero definitivamente nunca ha tenido problemas para tener personalidad.
Eso también forma parte de haber nacido aquí.
Aprendes a querer una ciudad mientras te quejas de ella.
Puedes pasar veinte minutos hablando del tráfico, los baches, el clima y todo lo que debería mejorar.
Pero cuidado con que alguien de fuera diga:
“Juárez está bien feo.”
¿Cómo dices?
Inmediatamente aparece un defensor de la ciudad que hace treinta segundos estaba hablando pestes de la Tecnológico.
Porque aparentemente existe una regla.
Nosotros podemos quejarnos.
Tú todavía no tienes suficiente confianza.
Y quizá por eso tener suerte de haber nacido en Juárez no significa creer que nos tocó una ciudad perfecta.
Claramente no.
Significa reconocer que nos tocó una ciudad difícil de confundir con cualquier otra.
Una ciudad donde México y Estados Unidos prácticamente se están viendo la cara todos los días.
Donde aprendimos que 20 minutos pueden ser “aquí cerquita” o “hasta la fregada” dependiendo del plan.
Donde el viento trae tierra incluida.
Donde una carne asada puede destruir cualquier intento de productividad.
Donde Juan Gabriel decidió que éramos la frontera número uno y francamente no vemos motivos para discutir con el señor.
Y donde crecer te deja una colección bastante particular de historias que solamente otra persona de aquí escucha y responde:
“Simón, también me ha pasado.”
Uno no puede escoger dónde empieza.
A nosotros simplemente nos tocó Juárez.
Y entre todas las cosas que pudieron salir en ese sorteo…
la verdad, nos salió una historia bastante buena.









