Hay leyendas de Ciudad Juárez que hablan de fantasmas, apariciones y lugares donde supuestamente pasan cosas extrañas.
Y luego está la del Güero Mustang.
Porque para convertirse en leyenda este hombre no necesitó desaparecer misteriosamente ni aparecerse por las noches.
Necesitó un volante.
Su nombre era Ángel Adrián Hernández y durante varias décadas se convirtió en uno de esos personajes que los juarenses reconocían inmediatamente en las calles. Muchos lo recuerdan desde los años setenta y su figura se volvió especialmente popular durante los ochenta y noventa.
¿La razón?
El Güero manejaba un Mustang.
Nada más que el Mustang no estaba.
Ángel Adrián recorría las calles sosteniendo un volante entre las manos e interpretando todo lo demás. Aceleraba, hacía sonidos de motor, cambiaba velocidades y circulaba como si alrededor de él existiera realmente un automóvil.
Y no crean que manejaba como cualquiera.
Según los recuerdos recopilados sobre él, llegaba a utilizar los carriles de baja velocidad, hacía movimientos como si espejeara e incluso se detenía como cualquier otro conductor.
Básicamente tenía un automóvil imaginario y aun así aparentemente manejaba mejor que algunos que sí tienen uno.
Era común verlo por sectores como la colonia San Antonio y distintas calles cercanas al Centro. También existen testimonios que lo ubican por la Cinco de Febrero, Artículo 27 y los alrededores del Panteón Tepeyac.
Y ahí empieza lo verdaderamente interesante.
Porque Juárez decidió seguirle el juego.
Conductores reales llegaron a cederle el paso mientras él “circulaba”. Vecinos lo conocían, algunos le daban monedas o pequeños mandados y existen recuerdos de niños que incluso se formaban detrás de él para acompañarlo en aquellos recorridos imaginarios.
Piénsalo.
Un hombre lleva únicamente un volante.
Dice que conduce.
Y eventualmente media ciudad acepta que, efectivamente, ese señor trae Mustang.
Eso ya no es imaginación individual.
Eso es cooperación comunitaria.
Con los años también aparecieron frases y anécdotas relacionadas con él. Una de las más recordadas es aquella petición de dinero “pa’ la gasolina”, porque evidentemente tener un automóvil imaginario no te salva de los gastos.
Ni en la fantasía nos libramos de echarle gas.
Pero como ocurre con casi cualquier personaje que pasa de recuerdo a leyenda, también comenzaron a mezclarse los hechos con historias difíciles de comprobar.
Existen diferentes versiones sobre por qué comenzó a conducir aquel Mustang imaginario y también sobre las circunstancias de su muerte. Lo que sí aparece en registros periodísticos es que Ángel Adrián nació el 8 de septiembre de 1955 y falleció en 1999.
La versión popular más repetida asegura que murió atropellado cerca del entonces Río Grande Mall, pero otras investigaciones y testimonios señalan que las circunstancias exactas de su fallecimiento no están claras.
Y quizá esa falta de certezas ayudó todavía más a convertirlo en leyenda.
Porque hoy existen generaciones que jamás lo vieron personalmente y aun así saben quién era el Güero Mustang.
La historia pasó de quienes compartieron calle con él a hijos, nietos, publicaciones antiguas, fotografías, videos recuperados y comentarios en redes donde inevitablemente aparece alguien diciendo:
“Yo sí lo llegué a ver.”
Eso es memoria colectiva en su versión más juarense.
Una ciudad no solamente recuerda edificios, monumentos o acontecimientos importantes. También recuerda personas que, sin proponérselo, terminaron formando parte del paisaje cotidiano.
El Güero Mustang fue una de ellas.
No tenía realmente un Mustang.
No necesitó ser famoso fuera de Juárez.
Ni siquiera dejó demasiados registros de su vida.
Pero durante años recorrió estas calles con suficiente convicción para lograr algo bastante difícil:
que toda una ciudad todavía recuerde un carro que nunca existió.
Y quizá esa sea la mejor parte de su historia.
El Mustang era imaginario.
El Güero no.
Y la leyenda que dejó en Juárez…
esa sí terminó siendo completamente real.









