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El 15 de septiembre tiene la extraña capacidad de desbloquear versiones del juarense que no vemos el resto del año

Hay personas que durante todo el año llevan una vida perfectamente normal.

Trabajan.

Van a la escuela.

Hacen sus pendientes.

Escuchan música tranquilamente en el carro.

Pero llega el 15 de septiembre, alguien pone una bandera cerca, empieza a sonar un mariachi y algo cambia.

De repente esa misma persona está gritando “¡VIVA MÉXICO!” con una intensidad que hace veinte minutos nadie sabía que tenía.

Porque las fiestas patrias tienen una habilidad especial para desbloquear personalidades.

Todo comienza desde la preparación.

Está quien interpreta “fiesta mexicana” como una sugerencia sencilla y llega con una playera verde.

Perfectamente válido.

Pero inevitablemente aparecerá alguien que entendió que estamos participando en una representación internacional de México y trae sombrero, bigote, camisa, botas, bandera y probablemente algún accesorio que hace ruido.

No vino a la fiesta.

Vino a representar al país.

Luego aparece el encargado no oficial de la música.

Nadie le dio ese puesto.

Simplemente conectó su teléfono y ahora tiene bajo su responsabilidad mantener la mexicanidad de toda la reunión.

Empieza tranquilo.

Juan Gabriel.

Vicente Fernández.

Luis Miguel.

Mariachi.

Todo perfectamente patriótico.

Hasta que pasan algunas horas y misteriosamente terminamos escuchando música que no tiene absolutamente nada que ver con la Independencia.

Pero para entonces ya nadie cuestiona nada.

México es un país libre.

Probablemente Hidalgo hubiera querido esto.

Y después está la comida.

Porque una celebración puede tener pozole, tacos, enchiladas, flautas, elotes y suficientes botanas para alimentar a una pequeña colonia, pero siempre aparecerá alguien preguntando:

“¿Y no van a hacer carne?”

Señor.

Tenemos siete platillos.

“Sí, pero decía.”

Juárez no abandona sus costumbres ni por la Independencia.

Sin embargo, la verdadera transformación ocurre cuando empieza a acercarse la hora del Grito.

Ahí todos se convierten temporalmente en expertos en protocolo.

“Ya mero.”

“Todavía no.”

“Ponlo.”

“Ese no es.”

“¡Súbele!”

Personas que durante todo el año no podrían decirte exactamente a qué hora ocurre la ceremonia ahora están desesperadas buscando una transmisión porque existe algo completamente inaceptable en descubrir al día siguiente que te perdiste el Grito mientras estabas sirviéndote otro plato.

Y cuando finalmente empieza…

silencio.

Bueno, más o menos.

Porque siempre existe alguien intentando adelantarse al “¡Viva!”

No puede evitarlo.

Escucha un nombre y ya está gritando.

“¡VIVA!”

Espérate.

Todavía no terminaba.

Pero quizá el personaje más interesante aparece justo después.

El patriota emocional.

Hace cinco minutos estaba haciendo chistes.

Ahora está abrazando a alguien mientras canta una canción mexicana con la mano en el pecho y una seriedad impresionante.

No sabemos qué ocurrió.

Déjalo.

Está sintiendo México.

Y todo esto sucede mientras afuera también cambia la ciudad. Hay familias buscando celebraciones, personas vestidas con los colores de la bandera, música saliendo de casas y reuniones donde alguien definitivamente compró demasiadas decoraciones.

Lo curioso es que al día siguiente llega el 16 y aparece una última personalidad.

El sobreviviente.

Ese que despierta tarde, revisa las fotografías de la noche anterior y descubre que en algún momento terminó usando un sombrero que no era suyo.

No recuerda exactamente cuándo empezó la sesión de fotos.

Pero tiene 47 pruebas.

Y quizá ahí está lo divertido de estas fechas.

No importa si celebras con una reunión enorme, sales al Grito o simplemente cenas algo mexicano con la familia. Durante unas horas existe una especie de permiso colectivo para exagerar un poquito.

Comemos más.

Cantamos más fuerte.

Decoramos todo.

Nos ponemos un sombrero que jamás usaríamos un martes cualquiera.

Y gritamos juntos aunque normalmente ni saludemos al vecino.

Después llega el 16.

Guardamos las banderas.

Regresamos el sombrero.

Y volvemos a nuestra personalidad habitual.

Bueno…

hasta que alguien pregunta qué hacemos el próximo año.

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