Hay ciudades donde una ráfaga de aire mueve suavemente las hojas de los árboles, refresca la tarde y hasta dan ganas de cerrar los ojos para disfrutarla.
En Juárez también tenemos de eso.
Nada más que con tierra.
Mucha tierra.
Porque aquí basta sentir que comenzó a soplar un poquito para que inmediatamente aparezca la pregunta importante: ¿es airecito agradable o en cinco minutos vamos a estar viendo una bolsa del súper atravesar la avenida a velocidades preocupantes?
Vivir en el desierto tiene sus particularidades y una de ellas es aprender que el viento rara vez viene solo. Trae polvo, arena, hojas, uno que otro objeto que nadie sabe de dónde salió y una habilidad impresionante para encontrar exactamente el momento en que acabas de lavar el carro.
Puedes dejarlo impecable por la mañana, admirar durante unos segundos tu trabajo y regresar unas horas después para descubrir que ahora tiene una fina capa color Juárez.
Ni siquiera da coraje.
Bueno, sí.
Pero tampoco sorprende.
Porque llega un punto en el que uno empieza a desarrollar una relación muy particular con el viento de esta ciudad. Sabemos reconocer cuando apenas está comenzando, cuando probablemente se pondrá más fuerte y cuando definitivamente ya no tiene caso intentar acomodarse el cabello.
Ese es el momento de rendirse.
Peinado cancelado.
Y ni hablar de intentar comer afuera.
Una carnita asada con airecito suena espectacular hasta que la servilleta sale volando, alguien tiene que perseguir un plato y empiezas a sentir ese inexplicable “crunch” que definitivamente no venía incluido en la receta.
Es parte de la experiencia fronteriza.
Lo curioso es que para alguien que llega de fuera puede resultar impresionante ver cómo cambia el paisaje cuando sopla con fuerza. El horizonte empieza a perder claridad, el polvo se levanta y, en algunos momentos, hasta las montañas parecen desaparecer detrás de esa nube color café que cruza la ciudad.
Mientras tanto, el juarense observa por la ventana y llega a una conclusión mucho más práctica:
“Ah, está haciendo aire.”
Como si afuera no estuviera ocurriendo una pequeña batalla entre el cielo y el suelo.
Pero quizá nos acostumbramos porque el viento forma parte de vivir en una ciudad rodeada por un entorno desértico. Aquí hay extensiones de suelo seco y poca humedad durante buena parte del año, condiciones que facilitan que el polvo y las partículas sueltas sean levantadas cuando llegan las ráfagas.
Por eso también conviene tomarlo en serio cuando el viento aumenta demasiado. En días con mucho polvo, las autoridades suelen recomendar conducir con precaución por la reducción de visibilidad, asegurar objetos que puedan salir volando y evitar exponerse innecesariamente a las tolvaneras.
Porque una cosa es hacer chistes sobre tragarnos medio Juárez mientras caminamos.
Y otra es confiarse cuando las condiciones realmente se ponen pesadas.
Aun así, resulta difícil negar que el viento también se convirtió en uno de esos elementos que reconocemos inmediatamente como parte de la ciudad.
Está en las conversaciones.
En los memes.
En las ramas moviéndose de un lado para otro.
En la clásica foto del cielo café.
Y en ese momento universal en el que alguien abre la puerta de su casa, recibe una ráfaga directamente en la cara y decide que quizá tampoco necesitaba salir tanto.
Además, el aire juarense tiene una habilidad especial para aparecer justo cuando parecía que el clima estaba perfecto.
Sol bonito.
Temperatura agradable.
Una tarde tranquila.
Y de pronto: tierra.
Un poquito de brisa también, claro.
Pero principalmente tierra.
Tal vez esa sea la descripción más precisa del viento de Juárez.
No siempre refresca.
No siempre es tranquilo.
Y definitivamente no respeta el día en que lavaste el carro.
Pero es tan parte del paisaje que cuando empieza a soplar, ni siquiera necesitamos revisar el pronóstico.
Basta mirar hacia afuera, ver la primera bolsa volando y decir:
“Ya empezó.”









