Hay habitantes de Ciudad Juárez que no pagan renta, pasan buena parte del día junto al agua, comen cuando se les antoja y caminan por el Parque Central con una seguridad que muchos quisiéramos tener.
Los patos.
Uno puede llegar al parque pensando que va a caminar tranquilamente, sentarse un rato o simplemente disfrutar de las áreas verdes, pero basta acercarse a las zonas donde suelen reunirse para que empiece uno de los espectáculos más sencillos y entretenidos del lugar.
Porque observar patos durante cinco minutos es suficiente para descubrir que cada uno parece tener una personalidad completamente diferente.
Está el que nada tranquilamente como si absolutamente nada pudiera perturbar su paz. El que camina detrás de otro sin motivo aparente. El que de repente empieza a correr y provoca que todos volteen aunque nadie entienda qué pasó. Y, por supuesto, el que detecta a una persona acercándose y automáticamente decide investigar si existe alguna posibilidad de comida.
Es prácticamente una pequeña sociedad viviendo en medio de Juárez.
Y quizá por eso llaman tanto la atención.
En una ciudad que normalmente asociamos con el desierto, encontrar un espacio donde conviven árboles, agua, aves y familias completas disfrutando de la tarde crea un contraste bastante especial. El Parque Central se ha convertido precisamente en uno de esos lugares donde es posible bajar un poco el ritmo y observar cosas que normalmente pasarían desapercibidas.
Como un pato acomodándose las plumas durante varios minutos.
Dos persiguiéndose alrededor del agua.
O una fila completa avanzando detrás de uno que aparentemente fue elegido como líder sin consultar al resto.
Lo curioso es que muchas veces terminamos humanizando todo lo que hacen.
Si dos empiezan a graznar frente a frente, claramente están discutiendo.
Si uno se aleja del grupo, “se enojó”.
Si varios comienzan a seguir al mismo, inmediatamente inventamos toda una historia sobre lo que está ocurriendo.
Probablemente ellos simplemente están siendo patos.
Pero eso no hace menos divertido observarlos.
También son un buen recordatorio de que compartir un parque con animales implica ciertas responsabilidades. Aunque resulte tentador acercarse demasiado o darles cualquier cosa que tengamos en la mano, no todos los alimentos que consumimos son adecuados para las aves. El pan, por ejemplo, es uno de los clásicos que muchas personas ofrecen a los patos, pero tiene poco valor nutricional para ellos y darles comida constantemente también puede alterar sus hábitos naturales.
A veces la mejor manera de disfrutarlos es precisamente la más sencilla:
Mirarlos.
Darles su espacio.
Tomar alguna fotografía.
Y dejarlos continuar con su importantísima agenda de pato.
Porque parte del encanto del Parque Central está justamente en poder encontrarse con este tipo de escenas sin necesidad de organizar un gran plan.
No necesitas gastar dinero ni esperar un evento especial. Puedes llegar una tarde cualquiera, caminar alrededor del parque y terminar varios minutos viendo cómo un grupo de patos hace absolutamente nada extraordinario.
Y extrañamente eso relaja.
Quizá porque estamos acostumbrados a vivir con prisa.
Tráfico, pendientes, mensajes, trabajo, escuela, cosas que resolver.
Mientras tanto, frente a nosotros hay un pato flotando tranquilamente sobre el agua sin la menor preocupación por lo que está ocurriendo en la Tecnológico.
Una vida bastante envidiable, si lo pensamos.
Y esa también es una de las cosas bonitas de tener espacios como el Parque Central en Juárez: nos permiten convivir con una pequeña parte de la naturaleza dentro de una ciudad que no siempre relacionamos con ella.
Así que la próxima vez que vayas y te encuentres a uno cruzándose por tu camino, recuerda algo.
Tú estás visitando el parque.
Él probablemente siente que vives en su colonia.
Y por la seguridad con la que caminan por ahí…
es difícil discutirles lo contrario.









