Inicio / humor / En Juárez las distancias no se miden en kilómetros, se miden en qué tantas ganas tienes de llegar

En Juárez las distancias no se miden en kilómetros, se miden en qué tantas ganas tienes de llegar

Hay algo extraño con las distancias en Ciudad Juárez.

Una persona puede decirte que un lugar está lejísimos, que prácticamente necesita preparar provisiones para el camino y que definitivamente no piensa manejar hasta allá.

Luego le dices que ahí venden los tacos que le gustan.

“¿Dónde dijiste?”

Y de repente ya no está tan lejos.

Porque aparentemente en Juárez los kilómetros son relativos.

Todo depende de qué haya al final del recorrido.

No es lo mismo manejar media hora para hacer un trámite que manejar media hora porque alguien dijo que va a haber carne asada. En el primer caso, la ciudad parece interminable. En el segundo, “está aquí cerquita”.

Y todos tenemos nuestra propia versión de ese mapa.

Hay lugares que oficialmente están dentro de la misma ciudad, pero emocionalmente sentimos que requieren pasaporte.

“Está hasta Las Torres.”

“Está por Sendero.”

“Está hasta Campos Elíseos.”

“Está para el Centro.”

No importa desde dónde estés hablando. Siempre existe un “hasta” que convierte cualquier dirección en una pequeña expedición.

Pero ese mismo “hasta” desaparece mágicamente cuando el plan vale la pena.

Si alguien te pide que vayas por un documento que olvidaste:

“¿Hasta allá?”

Si alguien te dice que abrieron un lugar buenísimo para comer exactamente en la misma zona:

“Arre, ¿a qué hora?”

Misma gasolina.

Mismos semáforos.

Misma distancia.

Completamente diferente actitud.

Por eso quizá Google Maps nunca podrá calcular realmente cuánto tarda un juarense en llegar a algún lugar.

Puede decir 27 minutos.

Pero le falta información importante.

¿A qué va?

¿Quién lo invitó?

¿Tiene hambre?

¿Le van a dar algo gratis?

¿Está enamorado?

Porque ahí las matemáticas empiezan a ponerse peligrosas.

Una persona perfectamente racional puede considerar excesivo manejar veinte minutos para visitar a un amigo, pero descubrir que su ex está en algún lugar al otro extremo de la ciudad y desarrollar capacidades de transporte que desconocíamos.

“No está tan lejos.”

Claro que está lejos.

Hace tres días dijiste que esa zona era prácticamente otro municipio.

Pero uno enamorado, despechado o tomando malas decisiones no entiende de distancias.

Entiende de rutas.

Y probablemente ya encontró una que evita el tráfico.

También existe el fenómeno contrario.

Hay destinos que pueden estar a diez minutos y sentirse insoportablemente lejos.

El banco.

Una vuelta pendiente.

Ir por algo que dejaste.

Una cita a la que no quieres asistir.

Ese mandado que llevas tres días prometiendo hacer.

Puedes literalmente ver el lugar desde donde estás y aun así pensar:

“Mejor mañana.”

Porque la distancia física son diez minutos.

La distancia emocional son aproximadamente 740 kilómetros.

Y esto se vuelve todavía más evidente viviendo en una ciudad tan extendida como Juárez.

Aquí podemos pasar buena parte del día trasladándonos entre trabajo, escuela, casa, entrenamientos, vueltas, reuniones y cualquier otra cosa que aparezca. Con el tiempo desarrollamos una especie de brújula interna que no necesariamente calcula kilómetros, sino tráfico, avenidas, horas y ganas.

No preguntamos solamente dónde queda.

Preguntamos:

“¿Por dónde?”

Porque no es lo mismo decir una distancia que mencionar la avenida que tendrás que atravesar a las seis de la tarde.

Ahí cambia todo.

Quince kilómetros pueden parecer razonables hasta que alguien agrega:

“Por la Tecnológico.”

A las seis.

Ah.

Entonces hablamos mañana.

Pero incluso el tráfico pierde poder cuando realmente queremos llegar.

Por comida hemos recorrido distancias que jamás aceptaríamos por responsabilidad.

Podemos quejarnos de gastar gasolina durante toda la semana y luego manejar hasta el otro extremo de Juárez porque alguien dijo:

“Tienes que probar esas quesabirrias.”

Y uno va.

Porque además existe una regla no escrita: mientras más lejos manejaste para comer, más obligado estás a decir que estuvo bueno.

No puedes regresar después de cuarenta minutos de camino diciendo:

“Estaban equis.”

No.

A esa distancia ya fueron una experiencia gastronómica.

Lo mismo pasa con las personas.

Hay amistades por las que atravesamos media ciudad sin pensarlo y otras a las que contestamos “está bien lejos” aunque sabemos perfectamente que viven a quince minutos.

Quizá no estamos calculando realmente la distancia.

Estamos calculando cuánto queremos estar ahí.

Y eso explica muchas cosas.

Explica por qué podemos salir cansadísimos del trabajo y aun así encontrar energía para manejar hasta una reunión.

Por qué un restaurante nuevo puede hacer que descubramos una colonia que jamás habíamos visitado.

Por qué alguien puede vivir “lejísimos” durante meses hasta que empieza a gustarnos.

Y por qué ciertas personas, después de terminar una relación, curiosamente vuelven a vivir bien lejos.

Aunque no se hayan cambiado de casa.

Tal vez por eso los mapas solamente cuentan una parte de cómo nos movemos por Juárez.

Ellos conocen calles, kilómetros y tiempos aproximados.

Nosotros tenemos otro sistema.

Tenemos lugares a los que “ni de chiste voy hasta allá”.

Lugares que “están aquí adelantito”.

Lugares que misteriosamente se acercan cuando tenemos hambre.

Y personas capaces de modificar completamente la geografía de la ciudad.

Así que la próxima vez que alguien te diga que no puede ir porque está muy lejos, tampoco discutas.

Probablemente tenga razón.

Según Google Maps quizá sean veinte minutos.

Pero según el sistema de medición más preciso que tenemos los juarenses…

simplemente no tiene suficientes ganas de ir.

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *