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En las calles de Juárez hay batallas que se ganan con puro contacto visual

Hay un momento en el que un peatón y un conductor pueden comunicarse perfectamente sin intercambiar una sola palabra.

Uno está parado en la banqueta.

El otro viene manejando.

Se ven.

Calculan la distancia.

Y en la cabeza de ambos aparece exactamente el mismo pensamiento, pero en sentido contrario.

“Ni modo que no se frene.”

“Ni modo que no se quite.”

Comienza el duelo.

El peatón da el primer paso hacia la calle con una seguridad impresionante. No corre, no se detiene y, sobre todo, no demuestra miedo. Por dentro probablemente ya calculó la velocidad del carro unas quince veces, pero por fuera mantiene la tranquilidad de alguien que está convencido de tener todo bajo control.

Mientras tanto, el conductor tampoco parece tener intenciones de modificar demasiado su velocidad.

Porque él también está haciendo cuentas.

“Sí alcanza a pasar.”

Nadie sabe exactamente en qué momento ambos obtuvieron un doctorado en física aplicada al tráfico, pero durante esos segundos los dos confían plenamente en sus cálculos.

El peatón avanza.

El carro se acerca.

Y ninguno quiere ser el primero en admitir que quizá sería buena idea ceder.

Hasta que eventualmente alguien lo hace.

El conductor frena.

El peatón acelera el pasito.

Y ocurre una de las interacciones más universales de cualquier calle: ese pequeño levantamiento de mano que puede significar “gracias”, “perdón”, “ya voy”, “no te enojes” o todas las anteriores al mismo tiempo.

Problema resuelto.

Hasta la siguiente esquina.

Porque moverse por Juárez significa participar constantemente en una negociación silenciosa entre quienes van caminando y quienes llevan varias toneladas de metal alrededor.

Desde el automóvil, todo parece muy sencillo.

“¿Por qué se cruza ahí?”

“¿Por qué no espera?”

“¿Por qué camina tan despacio?”

Pero basta estacionarse, bajarse del carro y convertirse en peatón durante cinco minutos para cambiar inmediatamente de equipo.

Ahora la pregunta es otra.

“¿Por qué no me deja pasar?”

Y ahí está lo divertido.

Todos somos expertos dependiendo de qué lado del parabrisas nos encontremos.

El mismo juarense que desde el volante se desespera porque alguien cruza lentamente puede bajarse diez minutos después y quedarse parado frente a una calle pensando:

“Pues tiene que frenar.”

Es una transformación inmediata.

Ni siquiera necesitamos tiempo de adaptación.

Carro encendido: conductor.

Carro estacionado: peatón.

Opiniones completamente diferentes.

Pero detrás del chiste también existe algo que a veces olvidamos: ninguno debería necesitar ganar.

Una calle no tendría que convertirse en una competencia para descubrir quién tiene menos miedo de detenerse.

El peatón sigue siendo la persona más vulnerable en esa interacción y manejar implica estar preparado para reducir la velocidad, respetar cruces y permitir el paso cuando corresponde. Del otro lado, caminar por la ciudad también requiere atención, utilizar los espacios destinados para cruzar cuando sea posible y no asumir que un conductor necesariamente nos vio.

Porque el contacto visual ayuda.

Pero todavía no funciona como freno.

Y quizá ahí está la diferencia entre la broma que todos reconocemos y lo que realmente conviene hacer cuando estamos en la calle.

Podemos reírnos del clásico “ni modo que no se frene”.

Podemos entender perfectamente al conductor pensando “ni modo que no se quite”.

Probablemente alguna vez hemos sido los dos.

Pero cuando cada uno intenta demostrar que tiene la razón utilizando una avenida como escenario, realmente nadie gana demasiado.

Además, Juárez ya tiene suficiente tráfico como para agregarle competencias improvisadas.

Así que la próxima vez que ocurra el encuentro, probablemente vuelva a pasar exactamente lo mismo.

Peatón y conductor se van a ver.

Durante dos segundos intentarán descifrar qué piensa el otro.

Uno avanzará poquito.

El otro bajará la velocidad.

Habrá una negociación completamente silenciosa.

Y eventualmente cada quien seguirá con su día.

Porque quizá esa sea la única regla en la que ambos podemos estar de acuerdo:

No importa si vas caminando o manejando.

Todos queremos llegar.

Aunque en el momento de cruzarnos estemos completamente convencidos de que…

“Ni modo que no se quite.”

“Ni modo que no se frene.”

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