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Todos hemos visto “la bola de San Lorenzo”, pero hubo una época en la que entrar ahí era todo un acontecimiento

Hay edificios de Ciudad Juárez que necesitan una dirección para encontrarlos.

Y luego está ese.

“¿Cuál?”

El de la bola.

Ah, sí.

No hace falta decir mucho más.

Está ahí, en la zona de San Lorenzo, justo donde se encuentran la avenida Tecnológico y Paseo Triunfo de la República, sobreviviendo al tráfico, al sol, al frío, a los años y probablemente a miles de juarenses que han pasado frente a él pensando exactamente lo mismo:

“¿Qué habrá sido eso?”

Porque para las generaciones más jóvenes, el Gardié prácticamente nació abandonado.

Siempre ha estado ahí.

Con sus cristales dañados, su estructura extraña y esa apariencia de edificio futurista al que claramente el futuro no le salió como esperaba.

Pero hubo un momento en que la historia era completamente diferente.

El Gardié nació a finales de los años ochenta como uno de esos proyectos que definitivamente no querían pasar desapercibidos. Detrás estuvieron los hermanos Jesús y Justo García Diéguez, empresarios relacionados con Helados Vani, y justamente ahí aparece uno de los mejores datos de toda su historia.

La famosa bola no fue una ocurrencia completamente aleatoria.

La idea original estaba relacionada con construir algo que recordara a un enorme cono de helado.

Sí.

Ese edificio que llevamos décadas usando como referencia aparentemente tiene ADN de nieve.

De hecho, algunos elementos colocados sobre la parte acristalada fueron pensados de una manera que podía recordar incluso a las chispas sobre un helado.

Y una vez que sabes eso es difícil volver a verlo igual.

Porque deja de ser “la bola rara de San Lorenzo” y empieza a tener sentido.

Bueno…

un poquito.

El edificio contaba con cinco medios niveles, oficina, elevador y una capacidad reportada para cientos de personas. Durante sus años de funcionamiento llegó a ser un restaurante y bar elegante con una propuesta que buscaba sentirse diferente a prácticamente cualquier otra cosa que hubiera en la ciudad.

Su interior tenía una fuerte inspiración en Hollywood.

Fotografías, recuerdos y referencias a figuras famosas formaban parte de la decoración, mientras el lugar ofrecía comida francesa y se convertía en uno de esos sitios que muchos juarenses recuerdan como algo especial para su época.

Imagínate entrar ahí cuando todavía estaba completamente iluminado.

Los cristales.

Las luces.

La estructura futurista.

Juárez en los noventa afuera.

Probablemente se sentía como entrar a otra cosa.

Y todavía faltaba uno de sus capítulos más curiosos.

Porque el Gardié también tuvo radio.

En una de sus etapas funcionó ahí una cabina de Stereomanía, una estación juvenil cuyos operadores podían ser vistos desde el exterior. La gente que circulaba por la zona llegaba incluso a saludarlos mientras pasaba.

En otras palabras, mucho antes de los lives, los estudios con paredes de cristal y la obsesión actual por transmitir todo lo que hacemos, Juárez ya tenía gente viendo trabajar a los locutores desde el tráfico.

Pero el mismo diseño que hacía tan espectacular al Gardié también terminó convirtiéndose en uno de sus grandes problemas.

Tanto cristal en una ciudad famosa por tener veranos que parecen una amenaza personal y fríos que tampoco piden permiso resultó complicado.

Mantener una temperatura agradable dentro del edificio podía resultar costoso. A eso se sumaban los gastos de mantenimiento de una estructura tan particular y otro problema que todavía hoy cualquier juarense comprende perfectamente:

el estacionamiento.

Porque puedes construir un edificio que parece llegado del futuro.

Pero si el juarense no sabe dónde dejar el carro, tenemos un problema.

El Gardié dejó de operar durante los años noventa y comenzó una etapa muchísimo más larga que su propia época de esplendor: la del abandono.

Han existido intentos de darle una segunda vida. En 2016 se buscó reactivarlo con nuevos usos, incluyendo restaurante-bar y un proyecto de casino, pero aquello tampoco consiguió devolverle permanentemente la actividad.

Con los años, los cristales comenzaron a romperse, aparecieron daños, vandalismo y señales cada vez más evidentes del deterioro.

Lo extraño es que el edificio nunca desapareció realmente de Juárez.

Dejó de funcionar.

Pero no dejó de existir en la ciudad.

Seguimos utilizándolo para ubicarnos.

Seguimos tomando fotografías.

Siguen apareciendo imágenes antiguas en redes sociales y comentarios de personas diciendo:

“Yo fui.”

“Ahí trabajé.”

“Me acuerdo cuando estaba abierto.”

Y debajo, inevitablemente, alguien más joven preguntando:

“¿A POCO ESO FUNCIONABA?”

Incluso se han planteado nuevas ideas para rescatarlo. En 2024 llegó hasta el Municipio una propuesta de Miguel Castillo, ingeniero juarense que trabaja en la NASA, para considerar el inmueble dentro de un proyecto de planetario interactivo. La idea llamó la atención, aunque posteriormente el propio impulsor explicó que las limitaciones de espacio y estacionamiento hacían que el Gardié no fuera la opción adecuada para el proyecto.

Y quizá eso resume perfectamente la relación de Juárez con este edificio.

Cada cierto tiempo alguien vuelve a imaginar qué podría ser.

Restaurante.

Casino.

Planetario.

Algo.

Lo que sea con tal de no verlo terminar de desaparecer.

Porque el Gardié lleva más tiempo siendo recuerdo que siendo negocio y, aun así, consiguió algo que muchos edificios completamente funcionales jamás logran:

volverse parte de la identidad visual de una ciudad.

Para algunos será el restaurante elegante que recuerdan de los noventa.

Para otros, la estación de radio.

Para muchos será simplemente esa estructura abandonada que han visto toda la vida desde el carro.

Y para las palomas…

bueno.

Probablemente es un penthouse.

Pero quizá lo más extraño del Gardié es imaginar que algún día pudiera no estar.

Después de tantos años viéndolo en la misma esquina, deteriorándose poco a poco mientras todo alrededor cambia, terminó convirtiéndose en uno de esos lugares que damos por hecho.

Una ruina.

Sí.

Pero una ruina muy nuestra.

Porque tal vez nunca entraste.

Tal vez jamás lo viste funcionando.

Tal vez ni siquiera sabías que se llamaba Gardié.

Pero si alguien en Juárez te dice:

“Ahí por la bola de San Lorenzo…”

Curiosamente, sabes exactamente dónde.

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