Hay un experimento muy sencillo que casi nadie hace.
No cuesta dinero.
No necesitas equipo especial.
Y probablemente tienes un lugar para hacerlo a menos de diez minutos de tu casa.
Consiste en algo que, curiosamente, cada vez nos cuesta más: guardar silencio.
No para contestar mensajes. No para escuchar música. No para grabar un video.
Solo un minuto.
Sentarte en un parque, mirar los árboles, escuchar el viento moviendo las hojas, el canto de los pájaros o incluso ese extraño equilibrio entre la naturaleza y el sonido lejano de la ciudad.
Al principio puede sentirse raro.
Estamos tan acostumbrados a llenar cada segundo con ruido que el silencio parece incómodo.
Pero basta permanecer ahí un momento para descubrir algo que muchas veces olvidamos: la naturaleza también habla.
Lo hace cuando una ardilla cruza un árbol, cuando una mariposa aparece de la nada, cuando el viento refresca una tarde de calor o cuando el sol comienza a esconderse detrás de las montañas que rodean Juárez.
Y entonces pasa algo curioso.
La ciudad sigue siendo la misma.
Los pendientes no desaparecen.
El tráfico continúa.
Pero por un instante, la cabeza deja de correr al mismo ritmo.
Quizá por eso los espacios verdes son mucho más importantes de lo que parecen.
No solo sirven para hacer ejercicio, pasear al perro o salir a caminar.
También son pequeños refugios donde uno puede recordar que no todo tiene que hacerse deprisa.
Que está bien detenerse.
Respirar.
Observar.
En una ciudad tan activa como Juárez, regalarse sesenta segundos de calma puede parecer poca cosa.
Pero a veces un minuto es suficiente para volver a escuchar tus propios pensamientos.
Para darte cuenta de que el cielo sigue cambiando de colores al atardecer, que los árboles ofrecen una sombra que casi siempre pasamos de largo y que todavía existen lugares donde el tiempo parece avanzar un poco más despacio.
Tal vez por eso quienes acostumbran visitar un parque no siempre van buscando hacer algo.
Muchos simplemente van buscando sentirse un poco mejor.
Y, casi sin darse cuenta, lo encuentran.
Porque hay silencios que no se sienten vacíos.
Hay silencios que descansan.
Y quizá el próximo momento que realmente necesites no esté frente a una pantalla.
Tal vez esté esperándote en alguna banca, bajo la sombra de un árbol, con la ciudad haciendo una pausa junto contigo.









