Hay lugares que necesitan dirección completa.
Y luego está La X.
“Nos vemos en La X.”
“Es por La X.”
“Pasando La X.”
“¿Dónde es el evento?”
“En La X.”
Listo. Nadie necesita más explicaciones.
Es curioso pensar que una estructura inaugurada apenas en 2013 logró meterse tan rápido en el lenguaje y la imagen de una ciudad que hoy parece haber estado ahí desde siempre.
Su nombre oficial es Monumento a la Mexicanidad, pero seamos sinceros: para casi cualquier juarense simplemente es La X.
La enorme estructura roja fue diseñada por el escultor chihuahuense Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastián, y se encuentra en la Plaza de la Mexicanidad, muy cerca del río Bravo. Con más de 60 metros de altura, es suficientemente grande para verse desde distintos puntos de Juárez e incluso desde el otro lado de la frontera.
Pero La X no nació solamente para verse impresionante en las fotografías.
Su forma representa el encuentro de las culturas indígena y española que dio origen al mestizaje, además de hacer referencia al Nahui Ollin o quinto sol de la cultura mexica. Su ubicación también tiene una carga especial: se levanta en territorio relacionado con la historia de El Chamizal, una zona profundamente ligada a la frontera y a los cambios que ha tenido el río Bravo.
Todo muy solemne.
Hasta que llegó Juárez y la convirtió también en punto de reunión, escenario de conciertos, ferias, festivales, carreras, exposiciones y quién sabe cuántos “ahí nos vemos”.
Y probablemente esa sea la parte más interesante de cualquier monumento.
Una cosa es lo que significa cuando lo construyen.
Otra es lo que la gente termina haciendo con él.
La Plaza de la Mexicanidad se ha convertido con los años en uno de los espacios utilizados para grandes eventos de la ciudad. De hecho, su inauguración ya dejó claro el tamaño que podía alcanzar aquello: la ceremonia de 2013 estuvo acompañada por un concierto multitudinario en el que apareció nada menos que Juan Gabriel.
Desde entonces, La X ha terminado apareciendo en fotografías, videos, recuerdos y hasta en las explicaciones que damos sobre Juárez.
Si alguien de fuera pregunta qué es, probablemente terminaremos contándole mucho más de lo que esperaba.
Y si pregunta por qué una de sus partes parece no terminar, también hay respuesta: esa característica del diseño ha sido relacionada con la idea de una sociedad y unos ideales que continúan construyéndose, algo bastante apropiado para una ciudad que tampoco parece quedarse quieta demasiado tiempo.
Además, hay algo especialmente fronterizo en su ubicación.
Desde un lado está Juárez.
A unos metros está el río.
Y enfrente está El Paso.
Una enorme X roja plantada prácticamente frente a Estados Unidos diciendo, de una manera nada discreta: aquí estamos.
Quizá por eso terminó funcionando tan bien como símbolo.
No intenta pasar desapercibida.
Es enorme.
Es roja.
Es extraña.
Y es imposible confundirla con otra cosa.
Muy Juárez, si lo pensamos.
Hoy basta ver su silueta en una fotografía para saber de qué ciudad estamos hablando. Ya no hace falta escribir “Ciudad Juárez” debajo ni explicar demasiado.
Y eso es bastante impresionante para algo que lleva poco más de una década formando parte del paisaje.
Porque los símbolos de una ciudad no siempre son elegidos oficialmente.
A veces simplemente ocurre.
La gente empieza a reunirse ahí.
La fotografía.
La utiliza como referencia.
La incluye en sus historias.
Hasta que un día deja de ser solamente una estructura de acero y se convierte en algo que inmediatamente relacionamos con casa.
Quizá dentro de muchos años alguien vea fotografías antiguas de Juárez antes de 2013 y sienta que falta algo en el horizonte.
Una enorme X roja.
Porque podrá llamarse oficialmente Monumento a la Mexicanidad.
Podrá tener toda una explicación artística detrás.
Pero Juárez hizo lo que mejor sabe hacer con sus lugares.
Le puso un nombre más sencillo.
La hizo suya.
Y ahora simplemente es:
La X.









