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Hay días en Juárez donde llegar a tu destino ya cuenta como victoria

Hay calor.

Luego está el calor de Juárez.

Y después existe una categoría completamente distinta: subirte a un carro que estuvo estacionado durante horas bajo el sol, descubrir que no funciona el aire acondicionado y recordar, justo en ese momento, que tampoco baja la ventana.

Ahí comienza una experiencia que ningún pronóstico del clima puede explicar correctamente.

El primer aviso llega con el asiento. Te sientas e inmediatamente descubres que durante las últimas horas estuvo acumulando suficiente calor como para hacerte reconsiderar todas las decisiones que te llevaron hasta ese momento.

Luego viene el volante.

Lo tocas.

Lo sueltas.

Esperas unos segundos y vuelves a intentarlo utilizando únicamente las puntas de los dedos porque aparentemente manejar con las manos completas se convirtió en un privilegio.

Pero todavía queda esperanza.

Prendes el carro y giras la perilla del aire acondicionado con esa pequeña ilusión de que quizá hoy decidió arreglarse solo.

Nada.

Sale aire, sí.

El problema es que parece venir directamente del desierto.

Entonces recuerdas la ventana.

Intentas bajarla aunque sabes perfectamente que lleva semanas sin funcionar. Presionas el botón una vez, luego otra y finalmente lo mantienes apretado durante varios segundos como si la insistencia fuera parte del procedimiento mecánico.

Incluso intentas ayudar al vidrio con la mano.

Nada.

En ese momento aceptas tu destino.

El trayecto acaba de convertirse en una prueba de resistencia juarense.

Y curiosamente empiezas a desarrollar estrategias que jamás pensaste necesitar.

Buscas desesperadamente cualquier pedacito de sombra disponible mientras esperas en los semáforos. Calculas desde qué dirección está pegando el sol. Consideras cambiar toda la ruta únicamente porque recuerdas que cierta avenida tiene algunos árboles más.

Una botella de agua fría deja de ser una bebida y se convierte en equipo de supervivencia.

Y si alguna de las otras ventanas sí funciona, descubres que puedes diseñar un complejo sistema de ventilación utilizando velocidad, física y muchísima fe.

Mientras el carro avanza todavía existe cierta esperanza.

El verdadero problema comienza cuando toca detenerse.

Semáforo en rojo.

Luego otro.

Y después tráfico.

Ahí empiezas a observar con una mezcla de admiración y resentimiento al conductor del carro de al lado.

Ventanas completamente cerradas.

Cabello intacto.

Cara de tranquilidad.

A veces hasta trae chamarra.

Sabes perfectamente lo que está pasando ahí dentro.

Aire acondicionado.

Probablemente a una temperatura en la que tú también quisieras vivir.

Mientras tanto, de tu lado se está desarrollando una experiencia que debería venir acompañada de hidratación y certificado de supervivencia.

Y aun así, hay algo extrañamente juarense en todo esto.

Porque vivir en el desierto también significa aprender pequeños trucos para enfrentarse al calor.

Sabemos que encontrar sombra puede decidir dónde estacionamos aunque tengamos que caminar un poco más.

Que dejar ciertas cosas dentro del carro durante el verano puede ser una pésima idea.

Que algunos volantes necesitan unos minutos antes de poder tocarse cómodamente.

Y que cuando alguien ofrece llevarte y primero advierte “nomás para que sepas que no trae aire”, esa información puede cambiar completamente tus ganas de salir.

Porque una cosa es escuchar que afuera hace muchísimo calor.

Otra muy diferente es experimentarlo dentro de una caja de metal que estuvo varias horas recibiendo directamente el sol de Juárez.

Lo curioso es que después de varios minutos pasa algo todavía más extraño.

Te acostumbras.

No porque haya dejado de hacer calor.

Simplemente aceptaste tu realidad.

Finalmente llegas a tu destino despeinado, acalorado y probablemente buscando cuánto cuesta arreglar esa ventana.

Apagas el carro.

Abres la puerta.

Sales.

Y ocurre algo que jamás pensaste decir durante un verano juarense:

“Está más fresco afuera.”

Quizá sea una experiencia que solo puede comprender completamente alguien que ha pasado un verano en esta ciudad.

Porque aquí el aire acondicionado puede parecer comodidad.

Hasta el día que deja de funcionar.

Entonces descubres que encontrar sombra es una habilidad, una ventana que baja es un lujo y llegar al otro lado de la ciudad sin derretirte merece reconocimiento.

Porque hay días en Juárez donde el verdadero plan no es llegar rápido.

Es simplemente llegar.

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