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Puedes quejarte de Juárez todo lo que quieras hasta que alguien de fuera se atreve a hacerlo

Hay una regla no escrita entre los juarenses.

Uno puede decir que hace demasiado calor, que el viento está insoportable, que cruzar el puente es una pesadilla y hasta soltar de vez en cuando el clásico: “Es que aquí no hay nada que hacer”.

Todo perfectamente permitido.

Hasta que alguien de fuera dice exactamente lo mismo.

Ahí cambia la conversación.

Porque pocas cosas activan tan rápido el orgullo juarense como escuchar a alguien asegurar que Juárez es aburrida.

De repente, esa persona que cinco minutos antes decía que nunca había planes empieza a recordar todos.

“¿Cómo que no hay nada?”

Y comienza el inventario.

Que puedes ir a los parques, que hay eventos deportivos, restaurantes, museos, bares, conciertos, bazares, exposiciones, actividades culturales, lugares para caminar, negocios nuevos, comida de prácticamente cualquier tipo y eventos que aparecen cada fin de semana.

En cuestión de segundos, la misma persona que estaba criticando la ciudad se convierte en guía turístico.

Y probablemente hasta se ofenda un poquito.

Es una contradicción muy juarense.

Podemos pasar horas hablando de todo lo que nos gustaría mejorar de la ciudad, pero eso no significa que dejemos que cualquiera venga a decir que aquí no pasa nada.

Porque quienes viven Juárez saben que muchas veces el problema no es que falten cosas por hacer.

Es que hay que buscarlas.

Juárez no siempre es una ciudad que pone todos sus planes frente a ti.

Hay cosas que descubres porque alguien te invitó.

Porque viste una publicación esa misma tarde.

Porque un amigo conoce un lugar.

Porque pasaste frente a un parque y había un evento que ni sabías que existía.

O porque un sábado cualquiera decidiste salir sin tener un plan demasiado claro y terminaste encontrando algo completamente distinto.

Y quizá por eso quienes aseguran que “no hay nada que hacer” reciben tantas respuestas.

Porque siempre aparece alguien dispuesto a demostrar lo contrario.

Uno recomienda un restaurante.

Otro menciona una actividad.

Alguien más etiqueta un negocio.

Y de pronto una simple queja termina con veinte juarenses armándole el itinerario completo a una persona que ni siquiera lo pidió.

Pero detrás de esa reacción también hay algo bonito.

Defendemos lo que conocemos.

Sabemos que Juárez tiene problemas. Vivir aquí tampoco significa fingir que todo es perfecto. Hay cosas que mejorar, espacios que recuperar y actividades que podrían recibir muchísimo más apoyo.

Precisamente por eso vale la pena hablar también de lo que sí existe.

De las personas que organizan eventos.

De quienes abren negocios.

De los artistas que crean.

De los deportistas que compiten.

De las comunidades que encuentran maneras distintas de apropiarse de parques, calles y espacios públicos.

De todos aquellos que, sin hacer demasiado ruido, consiguen que siempre esté ocurriendo algo en algún rincón de la ciudad.

Quizá el verdadero problema es que estamos tan acostumbrados a Juárez que a veces dejamos de verla.

Pasamos frente a los mismos lugares todos los días y olvidamos que alguien que viene por primera vez podría encontrarlos interesantes.

Hasta que llega alguien a decir que aquí no hay nada.

Entonces sí.

Nos acordamos de todo.

Porque aparentemente existe una diferencia enorme entre decir:

“Qué aburrido está Juárez hoy”.

Y escuchar a alguien decir:

“Juárez es aburrido”.

La primera puede iniciar una conversación.

La segunda puede iniciar una defensa de tesis de cuarenta minutos sobre por qué claramente no has sabido buscar.

Y si eres juarense, probablemente ya sabes de qué lado de esa discusión terminarías.

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